jueves, 29 de marzo de 2007

Agonía

La agonía la podemos definir como la ausencia de bienestar. Cuando estamos en agonía es porque hay un sufrimiento físico o espiritual. El ser humano por su propia `naturaleza rechaza la agonía, el sufrimiento, la muerte y el dolor. No nos gusta sentirnos mal. Siempre queremos estar alegres y sonrientes, pero la vida no es color de rosa.
Hay momentos buenos y hay momentos malos. Hay días de gloria, pero también hay días de agonía. En la actualidad hay tantas cosas que nos causan agonía: la criminalidad, la falta de valores, la falta de fe, la alta incidencia en los divorcios, el maltrato infantil, el futuro de nuestros hijos, el deterioro de la familia, las enfermedades y hasta la muerte para muchos. Jesús vino a este mundo a enseñarnos el camino al Reino de Dios, pero también sufrió y pasó por muchas agonías. Desde ver a su pueblo adorando otros dioses, ver a uno de los suyos negarlo, a otro entregarlo por unas monedas y sufrir la agonía del calvario hasta morir en la cruz. Ninguno de nosotros sufrirá como lo hizo Él.
Las agonías y sufrimientos nos purifican, nos hacen estar más cerca de Dios. En una enfermedad prolongada a veces de manera egoísta pensamos que es mejor que ese ser humano muera, porque somos débiles ante el dolor; pero precisamente esa enfermedad, ese dolor podría ser la salvación de su alma. No estamos acostumbrados a padecer. Vivimos en la opulencia y en ocasiones nos convertimos en seres insensibles e inmunes ante el dolor ajeno. Cuántos de nosotros vemos por televisión un asesinato y ni siquiera sentimos tristeza por esa vida que se ha ido. A diario vemos en nuestro Puerto Rico tanta violencia y no nos inmutamos ante esa despreciable realidad. La agonía es parte de nuestra vida, es parte de nuestra naturaleza misma. No conoceríamos la felicidad, si no pasáramos por la tristeza.
Poco nos agrada hablar de la muerte, pero no creo que exista mayor agonía que ver sufrir a un ser querido sin poder hacer nada para prolongar su vida. Muchas veces los médicos nos ponen a elegir entre la alternativa de una muerte rápida, pero en lo posible confortable o vivir un poco más, prolongando así el período de agonía, aumentando la tristeza de los familiares y jugando a ser dioses.
A pesar de todo esto nos aferramos a la existencia de alguna oportunidad de vida, esperanzados en los milagros porque vuelvo y repito: ¡qué débiles somos ante el dolor! Por otro lado comenzamos a cuestionarnos cosas de orden moral y religioso. ¿Tenemos la potestad para decidir la vida o la muerte de una persona? ¿Dejamos todo en las manos de Dios o en las manos de la ciencia? La agonía muchas veces precede a la muerte, pero también muchas veces precede a la vida. Pasar por momentos de agonía nos fortalece y nos llena de sabiduría.
Jesús en su mayor agonía le dijo al Padre: “Perdónalos porque no saben lo que hacen.” Qué mayor enseñanza que esta. A veces los momentos de agonía nos hacen perder el control de nuestra vida y sentimos que las decisiones que tomamos no son las correctas, pero de los errores se aprende; luego de la tempestad llega la calma y podemos ver las cosas con mayor objetividad. Aunque todos sabemos que no es fácil porque nuestras emociones en ocasiones nos engañan, pero al pasar el tiempo vemos que esa agonía por la que estamos pasando tiene su razón de ser.
Dios en su infinita bondad nos dá las herramientas para sobrellevarlo todo, lo que pasa es que a veces estamos sordos y ciegos para cumplir su voluntad. Dios siempre quiere para sus hijos lo mejor y cuando vé que hay algo que nos afecta lo aparta de nosotros. Posiblemente en ese momento pensamos: ¿por qué a mí?, pero más tarde nos damos cuenta que el plan divino es perfecto e infalible. La agonía también nos trae soledad como alivio a algo que no podemos tolerar. Nos sentimos confusos, enojados y encerrados en nosotros mismos porque no nos preparamos para los momentos difíciles. No existe un libro de recetas que nos diga qué hacer en la agonía y mucho menos qué hacer ante la muerte.
No nos capacitamos para aceptar el dolor o el sufrimiento. Sin embargo, qué profunda sensación de paz sentimos cuando hablamos de los problemas que nos aquejan, cuando aclaramos antiguos rencores o cuando simplemente reconocemos nuestras limitaciones. Se requiere de muchas dosis de calma para enfrentar nuestras agonías. Agárrate de Jesús y verás qué fácil será.

jueves, 22 de marzo de 2007

Silverio Pérez

Silverio Pérez es una figura destacada de Puerto Rico y un ejemplo a seguir para aquellos que se pasan la vida afirmando que no se puede. Nace en Guaynabo, Puerto Rico, hijo de una familia numerosa y pobre. Se crió en un barrio y de niño estuvo en contacto con el mundo campesino; desarrollando así su inmenso amor por la música autóctona de Puerto Rico.
Su creatividad, sencillez y su agudo sentido del humor, unidos a una profunda convicción por sus valores y principios lo han convertido en una de las personalidades más reconocidas y respetadas de Puerto Rico.
Graduado de Ingeniería Química de la Universidad de Puerto Rico; aunque no me explico de qué le sirvieron sus estudios porque hoy en día se dedica a hacer reír a las personas y a disfrutar de la plenitud de la vida. Su extraordinario talento ha quedado demostrado en exitosos proyectos como:"Haciendo Punto en Otro Son"; un grupo musical fundado por él, "Los Rayos Gamma" que junto a Jacobo Morales, Sunshine Logroño y Horacio Olivo de forma humorística le sacan punta a todas las controversias políticas que se viven en Puerto Rico.
Lejos de los Rayos Gamma, su chispeante humor y su sentido de observación lo han mantenido activo en la televisión puertorriqueña a través de programas como:"En Serio con Silverio", "Qué es lo que pasa aquí, ah? y "Anda pa'l cará". Junto a José Nogueras creó el primer programa radial de la trova titulado:"Canto Libre". Fue anfitrión del programa "Borinquen canta" y ha encabezado numerosos programas de radio, como:"Arranca en fá" y otros. Además labora como conferenciante del buen humor y la autoayuda; trabajo que lo llevó a publicar su primer libro titulado:"Humortivación" y actualmente presentó su nuevo libro:"El humor nuestro de cada día:Las tres tristes tribus"; en donde toca el tema de la política en Puerto Rico y la falta de alianza entre los tres partidos principales, lo cual según él nos ha llevado al estancamiento y al tribalismo.
Además de todo esto Silverio Pérez escribe semanalmente para el periódico:"El Nuevo Día" y entre otras cosas cultiva el género de la décima puertorriqueña. Durante los últimos años ha estado trabajando otro libro titulado:"El Dinosaurio"; el cual me encantaría leer ya que es una mezcla de humor y psicología. Silverio Pérez en este libro le llama a esa parte irracional del ser humano,"el dinosaurio" que hay que domesticar. Éste describe los distintos tipos de dinosaurios que tenemos dentro. Por ejemplo: el "broncasaurio" este es el tipo de persona que dondequiera que hay algo trata de buscar el conflicto; por otra parte está el "zanganosaurio"; estos son los que no les gusta pelear y dejan que les pasen por encima y así otros tanto que son parte de nuestra personalidad. ¡Me encantaría saber cuál soy yo!
En este libro Silverio Pérez destaca que hay una parte de la personalidad que aflora cuando hay momentos de confictos. Si la persona cobra conciencia sobre esa parte, puede enfrentarse a las dificultades de la vida de una forma mejor. El éxito o el fracaso de nosotros está totalmente vinculado con el manejo de las emociones y cómo nos enfrentamos a las adversidades, no importa la profesión que hayamos estudiado ni el grado de inteligencia que tengamos.
Una de las huellas inborrables de Silverio Pérez lo son algunas de sus composiciones como: "La familia es", "A mano pelá", "La vida campesina" y una de las más conocida:"Ensillando mi caballo"; canciones de la música popular puertorriqueña que nunca pasarán de moda.
Silverio Pérez, un prodigio de Puerto Rico.

Se aprende todos los días

Se aprende todos los días

Cuando escuchamos la palabra “aprender” por lo general pensamos en ese proceso formal de adquisición de conocimientos que se dá en la escuela; en donde muchas veces igualamos el concepto “aprender” con obtener una “A” o un noventa por ciento en una materia estudiada. Agraciadamente mucho de lo que se aprende en la vida no se puede medir con una nota o un porciento. Aún más; la mayoría de los conceptos que aprendemos en la escuela se quedan en el olvido, pasando a ser inertes e inútiles.
Sin embargo; aprender a caminar, a correr, a saltar cuica, a cocinar, a amarrarnos los cabetes o simplemente aprender a bailar resultan aprendizajes valiosos que nos dan pertenencia y nunca se quedan en el olvido. Dios, ese ser supremo nos dotó de algo maravilloso, nos dió la capacidad de aprender. Desde que nacemos hasta que morimos estamos en continuo aprendizaje. Aprendemos por curiosidad, por descubrimiento, por repetición, por adquisición o simplemente por error.
A través de la historia hemos visto cómo el ser humano gracias al conocimiento ha ido transformando al mundo, aunque no estoy muy segura si lo ha transformado para su salvación o para su condenación. ¿Qué se aprende todos los días? Pienso que sí. De lo contrario nuestra vida sería solo un paso por este mundo sin sentido. Cuando somos niños aprendemos de nuestros padres, quienes nos enseñan lo más valioso de nuestras vidas, ya cuando somos adultos aprendemos de todo lo que nos rodea, reflexionando sobre nuestros acontecimientos y buscando siempre superar lo aprendido cada día.
Los grandes pensadores como Aristóteles y Platón decían que el hombre aprende cuando interactúa con la sociedad en la cual vive y se desarrolla. Lo más importante para ellos era inculcar en el hombre la moral y las virtudes sociales como: las costumbres, las tradiciones, las leyes y la religión. Lamentablemente en nuestra sociedad las mismas leyes han dejado a un lado estas virtudes; dándole paso al abandono de nuestras costumbres y tradiciones. Ya no nos regimos por un código moral heredado de nuestros padres y abuelos; sino que cada quién se rige por su propio código basado en la conveniencia y la individualidad.
La oportunidad de nuevas experiencias a través de nuestra vida aumentan la capacidad de aprender; es por esto que el hombre siempre está en la búsqueda del conocimiento, dándole significado a todo lo que le rodea. En un mundo tan lleno de información hemos tenido que aprender a desarrollar estrategias que nos ayuden a organizar nuestras ideas, seleccionar lo más importante para luego discernir entre lo correcto y lo incorrecto o entre lo bueno y lo malo para poder resolver los problemas cotidianos que se nos presentan.
La tarea de aprender no es fácil; en ocasiones tenemos que cometer errores y aprender de ellos. A veces no quisiéramos pasar por momentos difíciles; pero, qué mucho se aprende de estos. Durante el tiempo de Jesús en la Tierra, la gente aprendía por medio de parábolas, una de las más hermosas es la parábola del hijo pródigo; en donde el menor de dos hijos le pide a su padre la parte de la herencia que le corresponde, creyendo que con dinero en el bolsillo tenía la vida solucionada. Luego malgasta todo y se vé en la miseria; no tenía más que regresar arrepentido ante su padre y este lo recibe con amor. A veces lo importante en la vida no es equivocarnos; sino, aprender de esas equivocaciones.

Estaremos nosotros aprendiendo cada día de nuestras propias vivencias o estaremos viviendo apegados a la rutina y al mecanicismo. Por otra parte; me pregunto cuántos de nosotros aprendemos la lección como lo hizo el hijo pródigo o cuántos de nosotros dejamos pasar los días de nuestra vida sin aprender nada, viviendo solo por vivir.
Nuestra sociedad sabe mucho de ciencias, matemáticas, historia, lenguas, leyes, medicina, pero si hecháramos una mirada al pasado nos preguntaríamos dónde se han quedado las enseñanzas de nuestros antepasados, dónde se quedó el estudio de la moral, de las interrelaciones humanas, de la sana convivencia, de la igualdad y el respeto entre los hombres, de la ayuda al prójimo; o será que hemos hechado al olvido todo lo que aprendimos. El aprendizaje involucra un cambio de conducta, pero ese cambio debería estar dirigido hacia el bien común y no hacia la individualidad. Hemos perdido en gran medida esos valores entrañables que son la parte más hermosa de la humanidad. Nos hemos olvidado de la generosidad, del amor sincero, de la misericordia, del perdón, del honrar a padre y madre, de hacer el bien sin mirar a quién, de nuestra fragilidad humana, de la paciencia, de la mansedumbre, de la fidelidad, del amor a Dios y de otros tantos valores que deberían dirigir nuestras vidas.
La buena noticia es que no todo está perdido, todavía hay una esperanza lo único que esa esperanza depende de ti y de mí. Recuerda: “Todos los días se aprende algo nuevo y aún nos queda mucho por aprender.”

jueves, 15 de marzo de 2007

Aprender de errores pasados

El ser humano desde su niñez va pasando por unas etapas que dejan huellas en su vida. Desde que nacemos estamos aprendiendo destrezas que nos ayudarán a desarrollarnos físicamente, mentalmente, socialmente y emocionalmente. Nuestra propia naturaleza nos obliga a aprender, a tener curiosidad, a preguntarnos el por qué de todo lo que nos rodea. De esta manera vamos desarrollando nuestra personalidad para poder desenvolvernos en la vida. Durante este proceso
vamos cometiendo errores y qué bueno porque de ellos aprendemos. El ser humano a través de la historia ha cometido muchos errores, pero en la vida lo importante no es equivocarse; sino aprender de los errores. Una sociedad de bienestar se supone que aprenda de sus errores para que no los vuelva a cometer, lamentablemente en nuestro Puerto Rico vemos como la sociedad ha repetido constantemente los errores del pasado; asegurando así la cotinuidad del deterioro de nuestro país. Estoy consciente de que necesitamos aprender de nuestros errores, esto nos ayudará a crecer como personas y como pueblo. La vida nos enseña día a día a descubrir que no somos seres infalibles, que no somos dioses y que nos equivocamos. De esas equivocaciones adquirimos sabiduría para guiarnos en la vida. A veces necesitamos de personas que nos hagan entender que estamos equivocados para darnos cuenta de nuestros errores y aprender de ellos.
Todos debemos de colaborar para que no se repitan los errores del pasado, para que no se repitan las guerras, la esclavitud, la desigualdad entre los hombres, el discrimen por razón de raza, la división entre los países, el resentimiento, la venganza, el odio y otros tantos errores que deberían de desaparecer porque los hemos vivido tantas veces y aún no aprendemos de ellos. Hoy es un día de inmensa alegría para mí porque puedo decir que he aprendido de mis errores.